Pistolees de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
Aguafuerte
27,9 x 21,5 cm
Marcos Téllez Villar, Pistolees de las seguidillas boleras, hacia 1790. Aguafuerte iluminado sobre papel verjurado, 27,9 × 21,5 cm. Es la segunda estampa de la serie dedicada a distintos pasos de las seguidillas boleras. El Prado destaca que Téllez Villar representó cada paso con una indumentaria diferente y que las estampas documentan la progresiva incorporación de las seguidillas boleras a los ambientes de las clases acomodadas, que adoptaron la estética de majos y majas.
La escena muestra a una pareja de bailarines en el momento de ejecutar el paso de «Pistolees», mientras un tercer personaje toca la guitarra. La composición está cuidadosamente construida para mostrar las actitudes corporales: el bailarín adelanta una pierna y flexiona la otra, con el cuerpo ligeramente inclinado y los brazos proyectados hacia la bailarina; ella responde con una posición abierta, extendiendo los brazos y desplazando lateralmente una de las piernas. El guitarrista, situado detrás, completa la relación entre baile y acompañamiento instrumental.
El término «Pistolees» designa aquí una unidad o paso coreográfico concreto de las seguidillas boleras. No debe entenderse como una descripción genérica del baile: las seis estampas de Téllez Villar constituyen precisamente un repertorio visual de diferentes «pasos» o posiciones. La investigación coreológica de María José Ruiz Mayordomo ha relacionado estos nombres con la terminología técnica de la danza europea y española del siglo XVIII; en particular, señala la relación de Pistolees con el término italiano pistoletta a terra, documentado en el tratado de Gennaro Magri de 1779.
La presencia de las castañuelas es especialmente significativa en esta estampa. Los bailarines las llevan en las manos mientras ejecutan el paso, integrando el instrumento en la propia gestualidad coreográfica. Aparecen como parte del mecanismo sonoro de la danza.
En la figura masculina se aprecia una castañuela en la mano extendida hacia la bailarina, mientras que ella también sostiene las suyas. La representación permite apreciar una característica fundamental de la práctica dieciochesca: las castañuelas se llevan suspendidas del pulgar mediante el cordón, dejando las valvas libres para que puedan ser golpeadas con los restantes dedos. De este modo, el bailarín podía combinar el movimiento de brazos y manos propio de la coreografía con la producción simultánea del ritmo.
Esta relación entre gesto y sonido es fundamental para comprender las seguidillas boleras. Las castañuelas acompañaban el movimiento corporal y contribuían a marcar rítmicamente la danza; fuentes posteriores describen precisamente su utilización como elemento esencial del acompañamiento de las seguidillas y destacan el característico repiqueteo producido durante su ejecución.
La estampa de Téllez Villar resulta, por ello, particularmente interesante desde el punto de vista organológico e iconográfico: permite observar el instrumento en su contexto real de utilización, asociado a una figura coreográfica concreta y tocado simultáneamente por los dos bailarines. Junto a la guitarra del músico, las castañuelas configuran la dimensión sonora de una escena en la que música, ritmo y movimiento corporal forman una unidad inseparable.
Además, la minuciosidad con la que Téllez Villar representa las posturas convierte la serie en una fuente excepcional para la historia de la danza. Como señala el Prado, estas estampas no son únicamente escenas de costumbres: cada una corresponde a un paso diferente y ofrece una representación cuidadosamente elaborada de la moda y de los protagonistas de las seguidillas boleras en torno a 1790.