Bailarín español vinculado a La Mancha, activo en la segunda mitad del siglo XVIII y tradicionalmente relacionado con el origen del bolero. Su figura aparece por primera vez en la historiografía del baile en la obra de Juan Antonio de Iza Zamácola, conocido como Don Preciso, quien en la Colección de las mejores coplas de seguidillas, tiranas y polos que se han compuesto para cantar a la guitarra, publicada en Madrid en 1799, atribuye a Sebastián Zerezo una intervención decisiva en la transformación de las seguidillas manchegas que daría lugar al bolero. Zamácola lo presenta como «uno de los mejores baylarines de su tiempo» y explica que, al regresar a su pueblo en La Mancha, bailó ante los mozos con un compás pausado y elevando las diferencias de las seguidillas, hasta el punto de que estos «creyeron que bolaba». De esta observación popular habría surgido, según su relato, la denominación de bolero.
El testimonio de Zamácola constituye la fuente fundamental para la vinculación de Cerezo con el nacimiento del bolero, aunque debe interpretarse con cautela. No presenta una biografía del bailarín ni proporciona su lugar concreto de nacimiento, fechas vitales, formación profesional o trayectoria escénica. Tampoco afirma de manera inequívoca que Cerezo fuese el único creador del bolero, sino que relaciona su nombre con una transformación concreta de las seguidillas en la década de 1780. La tradición posterior introdujo además a Antón Boliche, calesero sevillano, como posible protagonista de la creación o desarrollo inicial del género. Serafín Estébanez Calderón mantuvo esta doble posibilidad en Escenas andaluzas, al escribir que, ya fuese el inventor Cerezo o Antón Boliche, «aquél en la Mancha o éste en Sevilla», el bolero se difundió rápidamente y fue enriquecido por numerosos bailarines.
La aportación de Cerezo debe situarse, por tanto, dentro del proceso de transformación de las seguidillas manchegas que tuvo lugar en las últimas décadas del siglo XVIII. Las fuentes posteriores describen el bolero como una forma más pausada y elaborada de las seguidillas, caracterizada por una progresiva complejidad de pasos, mudanzas, saltos y trenzados. Antonio Cairón, en su Compendio de las principales reglas del baile (1820), establecería posteriormente una estrecha correspondencia entre las seguidillas manchegas y el bolero, diferenciándolos sobre todo por la mayor rapidez de las primeras.
Es importante distinguir a Cerezo del bailarín conocido como Requejo. Serafín Estébanez Calderón presenta a este último como un maestro murciano que, hacia comienzos del siglo XIX, intervino en la evolución del bolero, ralentizando su ejecución, eliminando movimientos considerados excesivamente violentos y dando al baile una forma más académica y reglada. La documentación disponible no permite identificarlo con Sebastián Cerezo. La confusión entre ambos personajes aparece en parte de la bibliografía divulgativa y en algunas publicaciones contemporáneas, pero no se sostiene en los testimonios históricos más próximos a ellos.
Tampoco puede afirmarse documentalmente que Cerezo fuese natural de Herencia, aunque esta localidad de Ciudad Real conserva una tradición oral que lo considera hijo de la villa. Miguel Antonio Maldonado Felipe estudió específicamente esta tradición y señala que no existe hasta el momento documentación histórica publicada que permita confirmarla. Su investigación constituye, por ello, una referencia importante para distinguir entre la memoria local y los datos históricamente demostrables.
La relación de Cerezo con las castañuelas se inscribe en el contexto coreográfico del bolero y las seguidillas. Las descripciones de Zamácola documentan el empleo de las castañuelas en la ejecución de las seguidillas y permiten situar su práctica dentro del nuevo lenguaje coreográfico que se estaba configurando. No obstante, las fuentes consultadas no aportan información específica sobre la técnica personal de Cerezo con las castañuelas, por lo que no resulta posible atribuirle una forma concreta de toque o una escuela particular.
La historiografía reciente ha revisado críticamente la tradicional atribución de la «invención» del bolero a un único bailarín. María José Ruiz Mayordomo ha señalado que buena parte de la bibliografía contemporánea continúa dependiendo de las noticias transmitidas por Zamácola y, anteriormente, por Cotarelo y Mori, sin que hayan aparecido nuevos documentos que permitan reconstruir con seguridad la biografía de Cerezo. Su estudio pone de relieve la necesidad de diferenciar entre el proceso histórico de formación del bolero y la posterior construcción de una figura individual a la que atribuir su creación.
En consecuencia, Sebastián Cerezo debe considerarse una figura histórica vinculada por una fuente de finales del siglo XVIII al proceso de transformación de las seguidillas manchegas en el bolero, pero cuya biografía permanece en gran medida desconocida. La tradición historiográfica le ha convertido en uno de los nombres fundamentales de los orígenes del baile bolero; sin embargo, los datos disponibles aconsejan separar cuidadosamente lo documentado de las atribuciones posteriores.