lunes, 31 de agosto de 2026

18 Toque de castañuelas. Castanyoles d’Ivori.

 
Castanyoles d’Ivori
Improvisació
intèrpret: Belén Cabanes





1810 ca. Le Fandango.


1810 ca
Le Fandango
Chasselat, Pierre. Dibujo
Langlois, litógrafo






La estampa titulada Le Fandango, fechada habitualmente hacia 1810, constituye un interesante testimonio iconográfico de la imagen que, a comienzos del siglo XIX, se tenía en Francia del fandango español. La obra se atribuye al pintor y dibujante francés Pierre Chasselat (1753-1814), nacido y fallecido en París. Chasselat fue principalmente pintor de miniaturas y acuarelista; expuso dibujos y miniaturas desde finales del siglo XVIII y desarrolló buena parte de su actividad artística en París.

La composición presenta cuatro bailarines y un guitarrista en un espacio abierto, aparentemente rural. Las figuras aparecen dispuestas frontalmente, aunque no forman una pareja única: dos mujeres y dos hombres ejecutan el baile mientras un músico sentado toca la guitarra. El tratamiento de los vestidos, especialmente los de las dos mujeres, y la indumentaria de los hombres responde a una construcción visual deliberadamente española, próxima a la estética de los llamados tipos goyescos. La estampa pretende construir una imagen reconocible y atractiva de la España contemporánea para el público europeo. La propia documentación que conserva la imagen la sitúa en el contexto de las representaciones del fandango y de las danzas españolas de comienzos del XIX.


Desde el punto de vista musical, la escena resulta especialmente significativa porque la guitarra y las castañuelas aparecen asociadas de manera explícita al baile. El guitarrista ocupa una posición central dentro del grupo y sostiene un instrumento de cuerda de caja pequeña, mientras que los cuatro bailarines levantan los brazos y muestran en sus manos pequeños objetos que pueden identificarse como castañuelas. La representación es particularmente clara en las figuras femeninas: cada una sostiene una castañuela en la mano elevada, preparada para intervenir en el acompañamiento rítmico del baile. También los dos hombres las llevan en las manos.

Esta disposición permite observar un aspecto fundamental de la práctica del fandango: la castañuela aparece integrada en la acción coreográfica. Los brazos elevados y flexionados, con las manos separadas del cuerpo, corresponden además a una característica fundamental de la gestualidad del baile español de la época. El instrumento participa así simultáneamente de la dimensión sonora y visual de la danza: el movimiento de las manos hace visible la producción del ritmo.


El fandango era un baile de pareja de carácter vivo, asociado a la guitarra y a instrumentos de percusión corporal o manual, entre ellos las castañuelas. Su estructura musical y coreográfica se caracteriza tradicionalmente por el compás ternario, y las fuentes históricas y la iconografía permiten relacionarlo con una ejecución en la que el movimiento corporal, el juego de brazos, el taconeo y el toque de castañuelas forman un conjunto inseparable.

Conviene, no obstante, ser prudentes al utilizar la estampa como documento etnográfico. Chasselat era un artista francés que representaba una España vista desde fuera, y la obra participa de la fascinación europea por la cultura española que se intensificó entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. Por ello, determinados detalles de vestuario, actitud corporal o composición pueden responder a convenciones artísticas y a una imagen idealizada de lo español. No deja de ser significativo, sin embargo, que la asociación entre fandango, guitarra y castañuelas aparezca con tanta claridad.






 

viernes, 28 de agosto de 2026

 
1732
Le Menuet
Nicolas Lancret
Óleo sobrre lienzo
73,7 x 87 cm





"Le Menuet" de Nicolas Lancret (1690–1743), pintor francés formado en el ambiente de la pintura rococó y estrechamente vinculado a la tradición iniciada por Antoine Watteau. La obra está fechada en 1732 y está realizada al óleo sobre lienzo, con unas dimensiones de 73,7 × 87 cm. Actualmente pertenece a una colección privada.
Lancret fue uno de los grandes cultivadores de la "fête galante": escenas aparentemente espontáneas de parejas, músicos, bailarines y personajes elegantes en jardines y paisajes idealizados. Este género construye una imagen refinada y teatralizada de la vida al aire libre. 

El tema es particularmente significativo: el "menuet" era una de las danzas fundamentales de la sociedad aristocrática europea del siglo XVIII. Asociado a la corte de Luis XIV y difundido posteriormente por toda Europa, se caracterizaba por su ritmo ternario, sus pasos medidos y sus complejas convenciones gestuales y ceremoniales.
El acompañamiento musical está confiado a un músico sentado que toca una zanfona. El instrumento está representado con bastante claridad: se distingue la caja de resonancia alargada, la rueda que sustituye al arco y el mecanismo superior asociado a las cuerdas y al teclado.


La presencia de la zanfona resulta especialmente interesante desde el punto de vista organológico. Aunque durante el siglo XVIII el instrumento podía asociarse a ambientes pastorales y rústicos, Lancret lo introduce aquí dentro de una escena de "fête galante", creando deliberadamente un contraste entre el refinamiento de los personajes y la rusticidad evocada por el instrumento. La propia documentación de la obra identifica expresamente al personaje como el intérprete de la zanfona.
Existe además un detalle curioso: la inscripción existente en el reverso del lienzo señala que la cabeza del intérprete de la zanfona sería un retrato de un tal M. Mestais, abogado del Parlamento. Los estudios de la obra consideran que el rostro fue añadido sobre una cabeza anterior, lo que demuestra hasta qué punto Lancret podía introducir retratos reales dentro de sus escenas ficticias.

Las castañuelas: un detalle que merece atención
La figura que baila a la izquierda sostiene en alto, en su mano derecha, un pequeño objeto que puede interpretarse visualmente como unas castañuelas. Su posición es muy significativa: la mano aparece elevada y los dedos adoptan una disposición compatible con la manera de sujetar y accionar unas castañuelas de tipo tradicional. En la reproducción disponible, sin embargo, el pequeño tamaño del objeto y la pincelada de Lancret impiden afirmar con absoluta seguridad todos sus detalles organológicos.
La pintura constituye un testimonio iconográfico del uso de estos idiófonos de entrechoque en el contexto de una danza dieciochesca. Además, la bailarina no parece sostenerlas simplemente como atributo decorativo: la posición elevada de la mano y la actitud corporal sugieren una relación funcional con el movimiento coreográfico.

Hay que tener presente, además, que no sería correcto interpretar automáticamente estas castañuelas como un elemento propio del minué francés. La escena de Lancret es una construcción artística y pastoral, y la inclusión de un instrumento asociado a la danza puede responder tanto a una observación de prácticas reales como a la voluntad de caracterizar musicalmente la escena. La prudencia resulta especialmente necesaria porque la documentación publicada sobre esta obra centra su identificación instrumental en la zanfona y no desarrolla el pequeño objeto que porta la bailarina.

En conjunto, "Le Menuet" resulta especialmente valioso porque reúne en una misma imagen danza, música e iconografía instrumental: el minué como danza cortesana, la zanfona como instrumento acompañante y, posiblemente, las castañuelas como instrumento de percusión corporal asociado al gesto de la bailarina. 







jueves, 27 de agosto de 2026

MUSEO. Colección Belén Cabanes Altés. 01

 
01 Castanyoles
Barcelona
Marfil
7 x 5 cm
Col.: Belén Cabanes Altés.





Estas castañuelas formaron parte de la colección personal de José de Udaeta (1919–2009), uno de los grandes intérpretes y estudiosos de las castañuelas del siglo XX. La colección de Udaeta, posteriormente donada al Centre de Documentació i Museu de les Arts Escèniques del Institut del Teatre, reunía varios centenares de pares de distintas épocas y procedencias.

Según la información transmitida por el propio Udaeta, este par procedía de una familia de Sitges y había pertenecido a una bailarina vinculada al Gran Teatre del Liceu de Barcelona durante el siglo XIX. Esta atribución, al proceder del testimonio de Udaeta, resulta especialmente interesante, aunque no se ha localizado hasta ahora documentación independiente que permita identificar a la bailarina o confirmar documentalmente su relación con el Liceu.


Las piezas presentan una cuidada factura, con decoración grabada e iniciales ornamentales en las palas, características que revelan su carácter personal y su pertenencia a un ámbito de danza de cierto nivel social. Por su tipología, decoración y tradición de uso, constituyen un testimonio material de la presencia de las castañuelas en la danza escénica catalana del siglo XIX y, al mismo tiempo, un ejemplo de los instrumentos históricos que José de Udaeta reunió a lo largo de su vida como parte de su particular investigación sobre la historia de las castañuelas.

Procedencia: familia de Sitges (Barcelona).
Cronología atribuida: siglo XIX.
Otros: José de Udaeta.
Atribución de uso: bailarina del Gran Teatre del Liceu, según testimonio de José de Udaeta.







domingo, 23 de agosto de 2026

Téllez en el Prado. 06 Un pasar de las seguidillas boleras.

1790
Un pasar de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
Aguafuerte
27,5 x 21,7 cm




Marcos Téllez Villar, Un pasar de las seguidillas boleras, hacia 1790. Aguafuerte, estampa iluminada sobre papel verjurado, 27,5 × 21,7 cm. Es la sexta y última estampa de la serie de seis dedicada a diferentes pasos de las seguidillas boleras. El Prado señala que la serie constituye un testimonio del éxito que alcanzaron estas danzas a finales del siglo XVIII, cuando pasaron a formar parte también del ocio de las clases acomodadas, que adoptaron deliberadamente una estética inspirada en la indumentaria popular.


La escena representa a una pareja de majo y maja bailando al aire libre, acompañada por un guitarrista. El hombre aparece avanzando hacia la mujer con el cuerpo girado y los brazos abiertos, mientras ella responde con una disposición corporal igualmente dinámica, levantando uno de sus brazos y extendiendo el otro hacia su compañero. El juego de las piernas y la inclinación de los cuerpos acentúan la sensación de movimiento. La guitarra, situada a la izquierda, establece el vínculo entre el gesto coreográfico y su acompañamiento musical.


La importancia de la estampa reside precisamente en que Téllez Villar intenta detener un instante del movimiento, convirtiendo una acción efímera en una imagen susceptible de ser observada. El Museo del Prado señala que el grabador puso especial cuidado en representar distintos pasos y que cada uno de ellos aparece asociado a una indumentaria diferente. 


El título «Un pasar de las seguidillas boleras» debe entenderse en el contexto de la terminología coreográfica de la serie. No parece referirse simplemente a «pasar» en el sentido cotidiano de desplazarse de un lugar a otro, sino a una determinada acción o figura de paso dentro de la danza. De hecho, el propio Museo del Prado describe la colección como una «Colección de estampas de diversos pases de seguidillas boleras», y considera que cada estampa corresponde a un paso diferente.


Hay además un dato documental interesante. En el Diario de Madrid del 23 de junio de 1789 se anunciaba una «estampa iluminada que representa el paseo de las seguidillas boleras» y se indicaba que el autor realizaría «todas las demás posiciones» de este y otros bailes. El Prado considera que ese anuncio corresponde a la primera estampa de la serie de Téllez Villar.

Por ello, «un pasar» puede entenderse como la representación de una figura o transición coreográfica, más que como el nombre de una danza independiente. La propia serie resulta reveladora: Paseo, Pistolees, Atabalillos, Campanelas, Embotadas y Un pasar presentan denominaciones distintas para acciones o posiciones concretas del repertorio bolero. No debemos necesariamente interpretar cada término como el nombre de un baile completo.

La imagen tiene además un especial interés para el estudio de las castañuelas. Aunque en esta estampa su representación es menos evidente que en otras de la serie, los bailarines aparecen con las manos preparadas en la posición característica de quienes ejecutan el baile con castañuelas. La documentación contemporánea de la serie confirma que el motivo se repite: pareja de majos bailando seguidillas boleras con castañuelas y acompañados por un guitarrista.





 

viernes, 21 de agosto de 2026

Téllez en el Prado. 05 Embotadas de las seguidillas boleras.

 
1790
Embotadas de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
27,6 x 27 cm
Aguafuerte







Marcos Téllez Villar, Embotadas de las seguidillas boleras, hacia 1790. Aguafuerte iluminado sobre papel verjurado, 27,6 × 21,9 cm. La estampa forma parte de una serie de seis grabados dedicados a distintos pasos de las seguidillas boleras. El Museo Nacional del Prado la cataloga como la número 5 de la serie y señala que estas estampas documentan la transformación de las seguidillas boleras, a finales del siglo XVIII, en un entretenimiento adoptado también por las clases acomodadas, que incorporaron a su indumentaria elementos inspirados en los tipos populares.


Téllez Villar muestra aquí una escena de baile al aire libre protagonizada por una pareja de majo y maja, acompañada por otros personajes y por un músico. El grabador se preocupa por fijar visualmente las posiciones corporales, los movimientos de los brazos y, sobre todo, la disposición de las piernas y los pies, convirtiendo la estampa en un interesante documento iconográfico de la práctica coreográfica de finales del siglo XVIII. El propio Museo del Prado destaca que cada una de las estampas de la serie corresponde a un paso diferente y que Téllez Villar empleó además indumentarias variadas para cada escena.


El término «Embotadas» identifica, por tanto, el paso representado en esta lámina. La imagen no permite reconstruir con absoluta precisión la secuencia coreográfica completa, pero sí muestra claramente una posición en la que los bailarines realizan un juego de piernas cruzadas y extendidas, con una marcada proyección de las extremidades inferiores y una actitud corporal dinámica. El bailarín situado a la izquierda adelanta y cruza las piernas, mientras la bailarina adopta una posición igualmente abierta y estilizada. El efecto es el de una figura momentánea del baile, detenida por el grabador en su ejecución.

Uno de los aspectos más importantes para la historia organológica de la danza es la presencia de las castañuelas. Tanto el bailarín como la bailarina las llevan en las manos, perfectamente integradas en la gestualidad de los brazos. No aparecen simplemente como un accesorio del traje: su colocación en las manos corresponde a la manera de tocar las castañuelas mientras se ejecutaba el baile. La mano del bailarín que queda elevada muestra con claridad el instrumento, mientras que en las manos de la bailarina también se distinguen las pequeñas piezas de madera. De este modo, la estampa documenta la estrecha relación entre movimiento de brazos, toque de castañuelas y ejecución del paso.


La presencia de las castañuelas resulta especialmente significativa porque estas estampas pertenecen a un momento fundamental en la consolidación de la tradición bolera. El catálogo del Museo de Historia de Madrid señala expresamente que los bailarines de la serie se acompañan con castañuelas, mientras un guitarrista participa en el acompañamiento musical. Así, Embotadas ofrece una imagen particularmente valiosa de la práctica coreográfica dieciochesca: el paso de danza, el toque de castañuelas, la música de guitarra y la gestualidad de brazos aparecen integrados en una misma acción performativa.






jueves, 20 de agosto de 2026

Tellez en el Prado. 04 Campanelas de las seguidillas boleras.

 
1790
Campanela de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
28 x 22 cm
Aguafuerte




Marcos Téllez Villar, Campanelas de las seguidillas boleras, ca. 1790. Aguafuerte y buril, estampa iluminada sobre papel verjurado, 28,1 × 22,2 cm. La obra pertenece a una serie de seis estampas dedicadas a distintos pasos de las seguidillas boleras, conservada, entre otros fondos, en el Museo Nacional del Prado. El propio título identifica la escena con uno de esos pasos de baile.


La estampa presenta una pareja de bailarines en plena ejecución del paso, acompañados por un guitarrista sentado en segundo plano. La composición tiene además un evidente interés costumbrista: los protagonistas aparecen vestidos con gran elegancia, siguiendo la moda de finales del siglo XVIII. El Prado señala que, aunque adoptan la apariencia de majos y majas, pertenecen en realidad a sectores acomodados que incorporaban la estética popular a sus prácticas de ocio. La serie constituye, por tanto, un testimonio particularmente interesante de la transformación de las seguidillas y del bolero en un espectáculo social de moda.


La campanela era uno de los pasos técnicos de la danza española y aparece documentada en los tratados de danza del siglo XVIII. El término no designa aquí un instrumento musical, sino un movimiento o paso de baile caracterizado por la acción de los pies, integrado en la compleja técnica de las seguidillas y posteriormente del bolero. La terminología coreográfica de la época conocía distintas variantes, como la campanela breve, la campanela de compás mayor o la campanela por dentro, lo que demuestra que se trataba de un elemento técnico perfectamente establecido dentro del vocabulario de la danza española.


Un aspecto especialmente significativo de esta estampa es la presencia de las castañuelas. Tanto el hombre como la mujer las llevan en las manos y las sitúan en una posición propia de su ejecución durante el baile. No son, por tanto, un simple atributo decorativo: forman parte del sistema rítmico y gestual de la danza. Las castañuelas permitían a los bailarines articular y reforzar rítmicamente sus movimientos, estableciendo una estrecha correspondencia entre el toque de las manos, el trabajo de los pies y el acompañamiento de la guitarra. La documentación museográfica de otras representaciones contemporáneas de las campanelas confirma explícitamente que este paso se ejecutaba acompañado por el toque de las castañuelas.

La imagen resulta especialmente valiosa porque permite observar conjuntamente tres dimensiones inseparables del bolero dieciochesco: música, danza e indumentaria. La guitarra proporciona el acompañamiento instrumental, los bailarines ejecutan el paso denominado campanelas y las castañuelas aportan una dimensión sonora producida por los propios danzantes. Téllez Villar convierte así un momento efímero de la práctica coreográfica en una imagen documental de gran interés para la historia de la danza y de los instrumentos de entrechoque.

Además, la serie tiene un valor excepcional para la iconografía de las castañuelas, pues muestra con claridad su utilización dentro de la danza española a finales del siglo XVIII, en un momento fundamental para la consolidación del bolero y de la escuela bolera.








lunes, 17 de agosto de 2026

Téllez en el Prado. 03 Atabalillos de las seguidillas boleras.


1790
Atabalillos de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
Aguafuerte
27,8 x 22,2 cm




Atabalillos de las seguidillas boleras, Marcos Téllez Villar, ca. 1790

La estampa Atabalillos de las seguidillas boleras, realizada por Marcos Téllez Villar hacia 1790, forma parte de una serie de seis estampas dedicadas a distintos pasos de las seguidillas boleras. Se trata de un aguafuerte iluminado, perteneciente a la colección del Museo Nacional del Prado.


La escena presenta a dos mujeres y un hombre ejecutando un paso de danza en un espacio abierto. La indumentaria, cuidadosamente representada, resulta especialmente significativa: aunque los personajes adoptan la apariencia de majos y majas, pertenecen al ámbito de las clases acomodadas que habían incorporado el gusto por lo popular como una manifestación de moda y distinción. La serie de Téllez Villar constituye, por ello, un interesante documento visual sobre la transformación de las seguidillas en un repertorio de danza codificado y socialmente prestigioso a finales del siglo XVIII.



El título puede inducir fácilmente a error si se interpreta «atabalillos» como el nombre de un instrumento musical. En esta estampa, sin embargo, el término designa un paso de las seguidillas boleras. De hecho, Téllez Villar utiliza en las distintas estampas de la serie los nombres de diferentes mudanzas o pasos: Paseo, Pistolees, Campanelas, Embotadas, Atabalillos y Un pasar. El propio Museo del Prado identifica esta obra como la número 3 de la serie.

La denominación «atabalillos» procede, por tanto, del vocabulario coreográfico de la danza. No debe confundirse con atabalillo, diminutivo de atabal, utilizado históricamente para designar determinados tambores o instrumentos de percusión. En el contexto de la estampa, el término funciona como nombre de una mudanza, y no como indicación de que los bailarines estén acompañados por pequeños atabales.


Esta interpretación queda reforzada por la continuidad del término en la tradición de la danza española: «atabalillos» sigue siendo actualmente el nombre de un paso de la Escuela Bolera, junto a pistoleas, embotados, campanelas y otras denominaciones heredadas del repertorio bolero.

Desde el punto de vista organológico, la estampa resulta particularmente interesante porque las castañuelas forman parte del código gestual de las seguidillas boleras, aunque su representación gráfica no siempre permita distinguirlas con absoluta nitidez.


En la imagen, las figuras femeninas mantienen las manos en posiciones características del braceo español, y se observan pequeños elementos en las manos que corresponden a las castañuelas o palillos con los que se ejecutaba el acompañamiento rítmico del baile. No se trata, por tanto, de un elemento decorativo añadido arbitrariamente por el grabador: las castañuelas estaban integradas en la práctica de estos bailes. Las fuentes sobre la tradición bolera señalan precisamente el toque de castañuelas como parte de la técnica, y la documentación coreográfica posterior conserva atabalillos entre los pasos ejecutados conjuntamente con dicho toque.

Hay además un aspecto especialmente interesante: el título identifica el paso, mientras que la imagen muestra el modo corporal de ejecutarlo y, simultáneamente, el uso de los palillos. De esta manera, la estampa no es únicamente una representación costumbrista, sino también una suerte de documento iconográfico de la práctica coreográfica de finales del siglo XVIII.

En este sentido, Atabalillos de las seguidillas boleras resulta especialmente valiosa para el estudio de las castañuelas: permite observar cómo, en el momento de formación de la tradición bolera, danza, braceo y toque de palillos constituían un conjunto inseparable, y cómo la iconografía contribuía a fijar visualmente unos pasos cuyo nombre, como atabalillos, ha llegado hasta la terminología de la Escuela Bolera actual.





 

domingo, 16 de agosto de 2026

Téllez en el Prado. 02 Pistolees de las seguidillas boleras.

 
1790
Pistolees de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
Aguafuerte
27,9 x 21,5 cm




Marcos Téllez Villar, Pistolees de las seguidillas boleras, hacia 1790. Aguafuerte iluminado sobre papel verjurado, 27,9 × 21,5 cm. Es la segunda estampa de la serie dedicada a distintos pasos de las seguidillas boleras. El Prado destaca que Téllez Villar representó cada paso con una indumentaria diferente y que las estampas documentan la progresiva incorporación de las seguidillas boleras a los ambientes de las clases acomodadas, que adoptaron la estética de majos y majas.


La escena muestra a una pareja de bailarines en el momento de ejecutar el paso de «Pistolees», mientras un tercer personaje toca la guitarra. La composición está cuidadosamente construida para mostrar las actitudes corporales: el bailarín adelanta una pierna y flexiona la otra, con el cuerpo ligeramente inclinado y los brazos proyectados hacia la bailarina; ella responde con una posición abierta, extendiendo los brazos y desplazando lateralmente una de las piernas. El guitarrista, situado detrás, completa la relación entre baile y acompañamiento instrumental.


El término «Pistolees» designa aquí una unidad o paso coreográfico concreto de las seguidillas boleras. No debe entenderse como una descripción genérica del baile: las seis estampas de Téllez Villar constituyen precisamente un repertorio visual de diferentes «pasos» o posiciones. La investigación coreológica de María José Ruiz Mayordomo ha relacionado estos nombres con la terminología técnica de la danza europea y española del siglo XVIII; en particular, señala la relación de Pistolees con el término italiano pistoletta a terra, documentado en el tratado de Gennaro Magri de 1779.

La presencia de las castañuelas es especialmente significativa en esta estampa. Los bailarines las llevan en las manos mientras ejecutan el paso, integrando el instrumento en la propia gestualidad coreográfica. Aparecen como parte del mecanismo sonoro de la danza.


En la figura masculina se aprecia una castañuela en la mano extendida hacia la bailarina, mientras que ella también sostiene las suyas. La representación permite apreciar una característica fundamental de la práctica dieciochesca: las castañuelas se llevan suspendidas del pulgar mediante el cordón, dejando las valvas libres para que puedan ser golpeadas con los restantes dedos. De este modo, el bailarín podía combinar el movimiento de brazos y manos propio de la coreografía con la producción simultánea del ritmo.

Esta relación entre gesto y sonido es fundamental para comprender las seguidillas boleras. Las castañuelas acompañaban el movimiento corporal y contribuían a marcar rítmicamente la danza; fuentes posteriores describen precisamente su utilización como elemento esencial del acompañamiento de las seguidillas y destacan el característico repiqueteo producido durante su ejecución.


La estampa de Téllez Villar resulta, por ello, particularmente interesante desde el punto de vista organológico e iconográfico: permite observar el instrumento en su contexto real de utilización, asociado a una figura coreográfica concreta y tocado simultáneamente por los dos bailarines. Junto a la guitarra del músico, las castañuelas configuran la dimensión sonora de una escena en la que música, ritmo y movimiento corporal forman una unidad inseparable.

Además, la minuciosidad con la que Téllez Villar representa las posturas convierte la serie en una fuente excepcional para la historia de la danza. Como señala el Prado, estas estampas no son únicamente escenas de costumbres: cada una corresponde a un paso diferente y ofrece una representación cuidadosamente elaborada de la moda y de los protagonistas de las seguidillas boleras en torno a 1790.






sábado, 15 de agosto de 2026

Téllez en el Prado. 01 Paseo de las seguidillas boleras.


1790
Paseo de las seguidillas boleras
Téllez Villar, Marcos
Aguafuerte
21,5 x 27,7 cm





Paseo de las seguidillas boleras, Marcos Téllez Villar, hacia 1790. Aguafuerte, estampa iluminada sobre papel verjurado, 27,7 × 21,5 cm. La obra pertenece a la serie de seis estampas dedicadas a diferentes pasos de las seguidillas boleras. El Museo del Prado la identifica como la primera de la serie y señala que estas imágenes documentan la transformación de las seguidillas boleras, a finales del siglo XVIII, en una práctica también cultivada por las clases acomodadas, que adoptaron una indumentaria de inspiración popular.


La composición presenta a una pareja de bailarines en plena ejecución, acompañada por un guitarrista sentado al pie de un árbol. La escena está planteada como una imagen costumbrista, pero posee además un notable interés coreográfico: Téllez Villar intenta fijar una posición concreta del baile, mostrando la colocación de brazos, manos, piernas y pies. La diversidad de indumentarias de las distintas estampas de la serie parece responder precisamente a la intención de representar diferentes pasos y, al mismo tiempo, distintos tipos de majos y majas elegantemente vestidos.


El «Paseo» constituye aquí el momento de desplazamiento o avance de la pareja dentro de la coreografía. Los bailarines aparecen enfrentados y ligeramente separados, con los brazos extendidos y las manos abiertas, mientras las piernas adoptan posiciones contrapuestas que sugieren el movimiento acompasado del paso. Se trata de una figura coreográfica de las seguidillas boleras, en la que el desplazamiento, la actitud corporal y la gestualidad de los brazos forman parte de la propia estructura del baile.

Uno de los detalles más interesantes de la estampa es la presencia de las castañuelas en las manos de ambos bailarines. Aunque son pequeñas, se distinguen especialmente bien en las manos que quedan próximas al centro de la composición. Su representación resulta particularmente valiosa porque Téllez Villar permite observar cómo estaban sujetas.



En esta imagen se aprecia el sistema tradicional de la época: las dos valvas de cada castañuela están unidas mediante un cordón que forma una lazada, y esta pasa por el pulgar, manteniendo el instrumento suspendido en la mano. Las fuentes organológicas describen precisamente este sistema: las dos piezas están unidas por un cordón que pasa sobre el pulgar, quedando las castañuelas suspendidas verticalmente para poder ser accionadas con los dedos.


La observación de la estampa es especialmente reveladora. En la mano elevada de la bailarina se distingue el aro o lazada del cordón alrededor del pulgar, mientras la castañuela queda pendiente de él. Algo semejante puede apreciarse en la mano del bailarín que se encuentra hacia el centro de la composición. El instrumento no está simplemente «sostenido» dentro de la palma: el pulgar actúa como punto de suspensión y articulación, dejando libres los restantes dedos para producir los golpes sobre las valvas.






EL MUNDO DE LAS CASTAÑUELAS

Las entradas de este Blog provienen de una antigua página publicada en internet en los años 90. En principio se pretende publicar los conte...